La sociedad como artificio: El despertar frente a lo ineludible
«Estoy angustiado y enfadado con todo esto. Resulta muy difícil no verse sometido a las imposiciones de la sociedad. Te ves atrapado en ella...»
Es lógico, en eso se basa la sociedad: en aparecer como ineludible. Si no, ¿para qué tanta organización? Es todo vínculo, reglas, todo trillado y pautado; no hay espacio para dibujar el paisaje mismo: solo puedes adecuarte al escenario común y global. Uno es una ficha del tablero de juego, un peón del ajedrez.
Con esto quiero transmitir serenidad, porque lo que sentimos —enojo, angustia, etc.— no es ninguna anomalía, sino la textura natural de la sociedad. Pensémoslo: alguien angustiado e indignado trata de encontrar su espacio... dentro del escenario, y es así como se perpetúa la espesa trama de la sociedad.
Esto no es ninguna trivialidad, no estamos evadiendo ninguna responsabilidad con ensoñaciones anarquistas ni nada por el estilo. Estamos viendo la realidad de la sociedad. Y ver lo que la sociedad es, estructuralmente, íntimamente, equivale a salir fuera de ella.
Sí, sigues dentro, sigues pagando los impuestos, tal vez, pero el poder ganado tiene una fuerza transformadora que ningún elemento de la sociedad puede detener, ni de lejos. La sociedad solo se sostiene gracias a una cosa: la ignorancia de sí misma. Si se comprende de esta manera unitaria, no fragmentaria —o sea, no ideológicamente, desde las derechas, desde las izquierdas, etc.—, la sociedad termina.
Y termina dentro de uno mismo, que es la consciencia. ¿Dónde ha de acabar, si no? Acaba allá donde ella no puede poner los pies. No veremos por ahí noticias tipo: «un conjunto de ciudadanos consigue escapar de la sociedad, se lo contamos después de la publicidad». ¡No! La sociedad no puede acabar en su propio terreno de juego —las noticias, lo que dice o hace la gente, la calle, etc.—: acaba en ese espacio que ella nunca puede habitar.
Cuando oímos por ahí que «la Tierra nos quiere expulsar», eso quiere decir que esa otra dimensión nos envía señales a través de la membrana que separa ambos mundos. Desde nuestro mundo de fragmentación y multiplicidad de cosas independientes y aisladas, estas señales nos llegan como «cataclismos», «accidentes ferroviarios debidos al cambio climático», «el ascenso de dictadores populistas», etc. Son ecos difusos de la dimensión que la sociedad esquiva por definición.
Dicho en otras palabras: son símbolos, y un símbolo es una cosa que habla de otra, que fluye orgánicamente hacia otra sin quedarse nunca cristalizada en una forma determinada.
Son avisos que claman al cielo: «¡Eh! ¡Que todo está entrelazado! Dejad de culpaos los unos a los otros, o de buscar la causa del choque de trenes o del cambio climático... Un tren accidentado no es consecuencia del cambio climático o de unos políticos corruptos, sino una muestra encendida del símbolo mismo. Si vieseis el entrelazamiento, no os harían falta trenes, infraestructuras de protección, escuelas, tanques, etc. Vivís ahogados por vuestras propias estructuras hechas para poder respirar...»
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