La notaría cósmica
Lo que comúnmente se asume —sin cuestionamiento activo alguno— es que el universo es un conjunto de elementos diversos e independientes, de los cuales la conciencia emergió en algún momento. Sin embargo, si no existe una "certificación externa" que valide esta separación, la única conclusión posible es que esa realidad fragmentada no es más que un relato, y que el relato en sí mismo es la realidad.
Bajo esta perspectiva, el universo y sus componentes —incluida la existencia estadísticamente posible de una remota "notaría intergaláctica"— no son más que pseudo-realidades que existen y son coherentes únicamente dentro de la estructura de la narración, del mismo modo en que los personajes de una novela solo tienen su realidad dentro de la historia.
El ser humano y la consciencia
En este contexto, el ser humano no es una entidad real y separada, sino un personaje que forma parte integral de esa narración. La disolución de la dualidad revela que el narrador y lo narrado son una misma y única cosa. La conciencia no es un observador externo, sino la esencia misma de la realidad que se cuenta a sí misma en cada instante.
El miedo y la verdadera acción
Esta constatación fundamental puede generar un profundo miedo, ya que la mente que se percibe como separada interpreta este entendimiento como un acto de rendición o abandono de todos los problemas humanos. El miedo es una reacción del ego que teme la pérdida de su rol como protagonista y solucionador.
No obstante, esta revelación no conduce a la inacción, sino a una forma de compromiso más profunda. Al comprender que la realidad es un relato, el ser humano no busca resolver problemas, sino que asume su papel en la narración. La acción se convierte en una expresión pura y sin fricción de la propia realidad.
El dolor y la compasión no se vuelven irrelevantes, sino que se experimentan de forma directa, ya que no hay un "yo" separado que los juzgue o se sienta abrumado por ellos. Admitir esta verdad no es un acto de abandono, sino una forma de vivir con un propósito más genuino, entendiendo que el sentido y la acción son la esencia misma de la realidad, y no un hipotético camino hacia ella.
La ironía es suprema. Sagan, sumo sacerdote del escepticismo científico, seguramente no pretendía apuntar a esta unidad mística; para él, aquello era una simple "interfaz" tecnológica alienígena para no asustarnos. Pero el símbolo siempre opera por encima de la intención del autor. La ciencia, creyendo que describe la literalidad de los hechos, no hace sino generar continuamente metáforas (símbolos) que luego interpreta como realidades. En cuanto el científico relajó su ojo escrutador para escribir ficción, la verdad ineludible se filtró a través de él. Sin saberlo, el materialista esculpió la metáfora perfecta de la no-dualidad.
Así, Contact encarna con fuerza la verdad última de este asunto —más allá incluso de lo que su autor creía estar escribiendo—: cualquier encuentro con “otra consciencia" es, en realidad, el reconocimiento de que nunca ha habido otra.
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