¿Por qué inclusión y discriminación crecen juntas? Un análisis más allá del relato institucional
En las últimas décadas, numerosos estudios y encuestas muestran una paradoja llamativa: a medida que aumentan las políticas de inclusión, igualdad de género y antidiscriminación,
también crece la hostilidad, el machismo declarado, el racismo o las reacciones extremistas.
Esto no se observa como una contradicción aislada, sino como una tendencia sostenida: la sociedad implementa mecanismos más precisos de visibilización y protección, mientras las actitudes de rechazo, burla o negación de esas mismas causas se intensifican.
¿Cómo se explica esta aparente contradicción?
La explicación oficial
Desde el punto de vista académico y mediático más extendido, esta coexistencia de inclusión y discriminación se entiende como un fenómeno de resistencia al cambio. Se dice que al avanzar en igualdad, los sectores más conservadores reaccionan, y que esa reacción es proporcional a la transformación.
Otro razonamiento habitual es el de la visibilización: antes la discriminación estaba oculta, y ahora que hay más conciencia, simplemente la detectamos o se denuncia más.
También se alude al sesgo cultural y a la necesidad de tiempo. Se afirma que el cambio legal o institucional no implica transformación inmediata de los imaginarios colectivos, por lo que conviven dos velocidades: la del marco social que avanza, y la de los individuos que aún no se han adaptado.
Pero ninguna de estas explicaciones afronta el núcleo del asunto: ¿por qué el movimiento global por la igualdad de género crece al mismo tiempo que las manifestaciones de discriminación y violencia?
La explicación que no se dice: el mito dual sigue vigente
Lo que estas explicaciones no se atreven a mirar es que inclusión y discriminación no son hechos independientes que evolucionan conjuntamente a través de una lógica causal. Muchas veces podremos escuchar que primero hay más conciencia sobre la discriminación, y, como efecto, se da más resistencia, más visibilidad, más tensión.
Pero esa secuencia es ilusoria. La conciencia no provoca la reacción, ni la visibilidad revela lo oculto. Ambas cosas crecen juntas porque son el mismo gesto simbólico visto desde dos polos.
Solo cuando se suspende la idea de causa y efecto, aparece con claridad que no hay evolución, sino estructura: una única forma simbólica en la que inclusión y discriminación se co-generan como reflejos.
Cuando se protege a una mujer “por ser mujer”, se está reafirmando simbólicamente que existe una diferencia estructural. Cuando se acoge a un inmigrante como política, se afirma que no pertenece de origen.
Cada gesto de inclusión institucional conlleva un mensaje simbólico: "esto está roto, y vamos a repararlo". Y ese gesto, repetido, no integra: invoca constantemente la existencia de una fractura. En otras palabras: se genera in situ el opuesto complementario.
Por eso inclusión y discriminación crecen juntas. Porque son parte del mismo relato: el relato de una sociedad dividida, en conflicto, que necesita causas, víctimas, y opresores.
Y, entonces, ¿qué se puede hacer?
Mientras no se vea el guión completo como mito —como relato unitario que involucra múltiples polaridades—, en lugar de como “realidad” —una multiplicidad objetiva de historias locales independientes y polarizadas—, seguirán apareciendo “soluciones” que refuerzan el “problema” que dicen combatir.
Esto no es una paradoja. No es una contradicción técnica. Es el funcionamiento del símbolo. La “solución” y el “problema” son las mitades complementarias de un mismo symbolon.
No se trata de mejorar las políticas. Ni de rediseñar el lenguaje (lenguaje inclusivo). Se trata de ver que todo esto sigue operando dentro del mismo marco: la creencia en una realidad fragmentada, que necesita ser reparada, y que por tanto, nunca dejará de producir heridas.
Verlo es salir. Salir es verlo. Salir, no de la sociedad, sino del mito que la sostiene.
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