Megalitos mágicos
Hay muchas películas, series o novelas basadas en el poder mágico de construcciones megalíticas neolíticas como Stonehenge o Göbekli Tepe —u otras ficticias inspiradas en ellas. Sus protagonistas tocan las rocas y viajan en el tiempo, o navegan entre universos paralelos.
Son un símbolo. Susurra una verdad que se nos escapa. Por eso lo vemos como un cuento fantástico, como "leyendas" o "mitos". Y así es como se vela la verdad.
El "contramito" se puede encontrar en los documentales de arqueología. ¿Cómo transportaron, hace 5000 años o más, esas gigantescas rocas hasta su localización definitiva? ¿Cómo las dispusieron de ese modo? Sobre todo: ¿cómo lo lograron sin los avanzados conocimientos técnicos y científicos actuales?
Ahí, en esos documentales, no vemos cuento, sino veracidad, ciencia, realidad. Craso error. Y es la llave al mismo tiempo. Ese el mito actual en el que estamos inmersos y no vemos: el mito de la dualidad, de la separación sujeto-objeto. El materialismo metafísico, en términos filosóficos.
Esas rocas, al mirarlas, al tocarlas, realmente, sí que nos estan transportando a otra dimensión: a otra dimensión de la consciencia. A la consciencia mítica, no-dual. Stonehenge o las grandes pirámides de Egipto nos ponen ante la evidencia de nuestra propia manera de ser, que es completamente dual.
Nos reflejan, como el eco entre montañas, lo que estamos siendo y no vemos. Nosotros le lanzamos a las rocas las preguntas que ya conocemos todos, las "preguntas lógicas que cabe hacerse", las que hemos formulado antes. Y esas majestuosas y misteriosas construcciones no contestan, sino que se limitan a retornarnos las preguntas intactas, con toda su textura y vibración original.
Lo importante al mirar Göbekli Tepe o los trilitones de Baalbek no es cómo fueron capaces aquellas antiguas gentes de hacer todo aquello sin conocimientos técnicos avanzados, sino constatar —con el terremoto ontológico que ello supone— lo poco que hablan de nosotros mismos esos conocimientos objetivos.
Hay mucho más. No en aquellos tiempos pretéritos —como dicta el relato separativo, espacio-temporal. No antes, sino dentro. De esa interioridad o subjetividad fundamental hablan esas rocas.
Las gentes que hicieron aquello no son antepasados, sino nosotros mismos. Otra dimensión de nosotros mismos, que está siempre presente. Solo la mirada dual, que se autoignora para seguir dividiendo, afirma que el pasado es algo que estuvo y ya no está.
Son un símbolo. Susurra una verdad que se nos escapa. Por eso lo vemos como un cuento fantástico, como "leyendas" o "mitos". Y así es como se vela la verdad.
El "contramito" se puede encontrar en los documentales de arqueología. ¿Cómo transportaron, hace 5000 años o más, esas gigantescas rocas hasta su localización definitiva? ¿Cómo las dispusieron de ese modo? Sobre todo: ¿cómo lo lograron sin los avanzados conocimientos técnicos y científicos actuales?
Ahí, en esos documentales, no vemos cuento, sino veracidad, ciencia, realidad. Craso error. Y es la llave al mismo tiempo. Ese el mito actual en el que estamos inmersos y no vemos: el mito de la dualidad, de la separación sujeto-objeto. El materialismo metafísico, en términos filosóficos.
Esas rocas, al mirarlas, al tocarlas, realmente, sí que nos estan transportando a otra dimensión: a otra dimensión de la consciencia. A la consciencia mítica, no-dual. Stonehenge o las grandes pirámides de Egipto nos ponen ante la evidencia de nuestra propia manera de ser, que es completamente dual.
Nos reflejan, como el eco entre montañas, lo que estamos siendo y no vemos. Nosotros le lanzamos a las rocas las preguntas que ya conocemos todos, las "preguntas lógicas que cabe hacerse", las que hemos formulado antes. Y esas majestuosas y misteriosas construcciones no contestan, sino que se limitan a retornarnos las preguntas intactas, con toda su textura y vibración original.
Lo importante al mirar Göbekli Tepe o los trilitones de Baalbek no es cómo fueron capaces aquellas antiguas gentes de hacer todo aquello sin conocimientos técnicos avanzados, sino constatar —con el terremoto ontológico que ello supone— lo poco que hablan de nosotros mismos esos conocimientos objetivos.
Hay mucho más. No en aquellos tiempos pretéritos —como dicta el relato separativo, espacio-temporal. No antes, sino dentro. De esa interioridad o subjetividad fundamental hablan esas rocas.
Las gentes que hicieron aquello no son antepasados, sino nosotros mismos. Otra dimensión de nosotros mismos, que está siempre presente. Solo la mirada dual, que se autoignora para seguir dividiendo, afirma que el pasado es algo que estuvo y ya no está.
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