La terapia holística
«La enfermedad es, en esencia, el resultado de un conflicto entre el Alma y la Mente, y nunca podrá ser erradicada excepto por un esfuerzo espiritual y mental.»
«La enfermedad es única y puramente correctiva; no es ni vengativa ni cruel, sino el medio adoptado por nuestra propia Alma para señalar nuestros errores.»
«La salud es nuestra herencia, nuestro derecho. Es la unión completa y total entre alma, mente y cuerpo; y este no es un ideal difícil de conseguir, sino tan fácil y natural que muchos de nosotros lo hemos pasado por alto.»
—Edward Bach, Cúrate a ti mismo (Heal Thyself).
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Está brotando una comprensión esencial: toda curación —física, mental o simbólica— es una resintonización del todo consigo mismo.
Cuando veo que mi dolencia lumbar o mi postura corporal descompensada y tensionada no es una causa ni un efecto de algo más, sino un reflejo visible de un estado de consciencia, empiezo a entender su sentido. La carta natal, en ese contexto, actúa como espejo simbólico: muestra en imágenes lo que el cuerpo expresa en forma y la mente en experiencia interior.
El problema no es algo que haya que eliminar, sino una señal de que el todo aún no se ha reconocido en sí mismo. Y en el instante en que el todo se reconoce en todo lo que existe —en el cuerpo, en la mente, en la carta, en el mundo—, la tensión se disuelve. No porque algo cambie, sino porque se revela que ya no hay —nunca lo hubo— nadie separado que quiera cambiarlo.
Y esto no debería resultar descorazonador para terapeutas, astrólogos o médicos.
Puede parecerlo si se mira desde la fragmentación, porque parece que los planes de futuro —las metas, los proyectos, los métodos— pierden sentido. Pero precisamente ese plan es el problema: la idea de que algo debe llegar a completarse más adelante. Cuando veo que ya estoy dentro de la corriente, que la terapia, la consulta o la palabra que pronuncio ya forman parte del movimiento total, el plan deja de ser necesario.
Esa es la paradoja: mientras el terapeuta cree avanzar hacia la sanación, mantiene viva la distancia entre “sanador” y “sanado”.
Pero cuando comprende que no hay tiempo que resolver ni meta que alcanzar, todo lo que hace deja de ser un medio y se convierte en expresión del Todo. No hay nada que sanar, porque ya está sanando.
Esto no elimina a los médicos, ni a la cirugía, ni a las terapias. Las resignifica radicalmente. Dejan de ser lugares a los que acudimos —como seres separados del mundo— para “resolver” algo, y se convierten en expresiones plenas de la realidad misma. Porque si lo pensamos, todo el tejido social —médicos, terapeutas, abogados, maestros— se sostiene sobre esta idea: la de que cada uno ocupa un lugar parcial dentro de un sistema que debe mantenerse en funcionamiento. Pero esa misma estructura no es un artificio: ya es la realidad manifestándose.
Acudir al médico, al astrólogo o al terapeuta no es buscar una salida a la vida. Su función más pura es posibilitar el reconocimiento de que esa consulta ya es la vida misma, es la realidad. No es un medio para alcanzar algo más real: es el punto en el que la totalidad se concentra y se revela.
Así, el médico deja de ser un intermediario y se vuelve símbolo de la totalidad: el Todo mirándose a través de una forma llamada “medicina”. Desde la fragmentación, el médico parece una parte que depende de otras —y viceversa. Pero visto holísticamente, cada parte contiene el Todo, y en cada encuentro el Todo se reconoce a sí mismo en total libertad.

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