Amigos en el tiempo — Capítulo 5. Diálogo tranquilo con apocalipsis al fondo (2ª parte)



En la lejanía, un par de conos volcánicos entran en erupción al unísono. Mientras tanto, al vibrante reflejo violáceo de sus copas de Priorat y ajenos al caos cataclísmico que los envuelve, nuestros dos amigos abren un nuevo frente contemplativo.


Es interesante el juego entre Piscis y Sagitario (o entre Neptuno y Júpiter), que es lo que nos destaca el símbolo de la cuadratura Marte-Saturno/Neptuno.

Piscis es "yo soy Dios", es la experiencia mística en sí misma. Sagitario es "esto es la palabra de Dios", su evangelio, por así decirlo.

La cuadratura podría verse como "Dios harto de sus apóstoles". El evangelio obstaculizando aquello que se pretende evangelizar. Las flechas del centauro sagitariano disparadas en todas direcciones, sin sentido. La flecha que olvida su razón de ser, que solo piensa en su blanco, y deja de lado su cualidad esencial: servir a lo que no tiene nada que ver con la transmisión de información. 

Con Marte implicado, nos podemos mover hacia lo marcial. Es como el samurai: rinde culto a su katana dispuesta en un altar. La comprende, ve en ella la divinidad misma, sin haber de ejecutar su aparente función.

Dios no adviene al cortar la cabeza del enemigo; no está al final del hilo dorado que confeccionan las palabras sagradas. Está contenido en la propia hoja de acero, en el arco y en la flecha.

En un nivel más prosaico: lo que anuncia el símbolo, el tránsito, no es algo que ha de venir: ya está aquí, es ese símbolo abierto como una flor en el campo de la consciencia.

—Sí, el tránsito nos abre a algo que ya está pasando. Todo pasa aquí y ahora, la ficción del tiempo y el espacio simplemente los van desplegando porque nuestra consciencia no podría sobrevivir a esa explosión ontológica. En cuanto a la cuadratura Marte-Neptuno podría leerse como "la guardia pretoriana de dios se rebela y dios les despide y reemplaza por una inteligencia artificial".

Eso me recuerda a lo que hizo el emperador romano Septimio Severo...

Sobre lo primero, está claro que la estructura mental de la consciencia —la separación sujeto-objeto, dualidad, maya, etc.— digiere, cocina, fragmenta el Todo. Pero la cuestión es que ese plato ya no alimenta. O, más bien, los restaurantes de "realidad comestible" han colonizado toda la verdadera realidad —el ilimitado y sagrado ahora—. Eso es lo que están gritando Urano, Neptuno y Plutón.

Por tanto, lanzo la pregunta: como astrólogos, y por la cuenta que nos trae, ¿podemos salirnos de la "cadena de cocina ontológica rápida" y velar por la conservación del territorio sagrado?

O sea, preparar el Todo vuelta y vuelta, sin aditivos ni procesado. "Tránsitos de especialidad": que simplemente son, redondos y completos, de sabor fresco y profundo, sin los conservantes, mejorantes y colorantes del tiempo y el espacio. Llamémosle "naturalismo trascendental". Una "moda" que aniquila toda moda. Un "negocio" que termina con toda la oscura trama de negocios. Es y no es, todo a la vez, coexistiendo. Dios cargándose a su guardia pretoriana, a sus apóstoles, sin dejar de ser el omnipotente Dios. Y hemos vuelto al principio. He aquí Neptuno en acción —Marte—.

No hay que buscar más ese "ahora que todo lo contiene". Está aquí, es este diálogo mismo, sin demora alguna. Es el volcán que nos quema. Que consume y consuma la astrología, el tránsito, la carta natal... Todo arde. El fuego de los dioses, que purifica, revela y libera.

No somos conscientes de que creamos el universo con cada palabra que pronunciamos. No hay señalamiento, solo creación.

Es curioso... Imagínate que alguien escucha este diálogo. Creerá que debe estudiarlo, analizarlo, buscar a qué narices se refieren estos dos zumbados. Pero no, nada más lejos de la realidad. Ese fuego no es codificable, y no tiene una fórmula concreta. Lo que caracteriza al fuego es muy evidente: es aquello que lo consume todo, que aniquila toda la estructura de la memoria y la convierte en energía potencial.

(Unos segundos de silencio reflexivoY como si todo estuviese concertado, unos intrigantes zumbidos junto a unas caprichosas luces que confeccionan un triángulo equilátero perfecto atraviesan el negro cielo a sus espaldas)

—Merece la pena detenernos en esa explosión ontológica que comentamos antes. ¿Acaso no es este pequeño gran trígono? Es decir, la irrupción del símbolo, la ardiente huella transpersonal impresa en el cielo. ¿Tiene sentido esto? Hablamos de una gran revolución; el colapso de la realidad objetiva, del espacio-tiempo, la explosión ontológica, el pequeño gran trígono UNP... ¿Es todo lo mismo? Yo diría que sí.


(Un edificio de treinta plantas se derrumba por el impacto de un rayo descomunal)


—Un enorme poltergeist cognitivo se abre paso en el alma colectiva. Somos materia plástica en manos del alfarero cósmico. Objetivo, subjetivo... ya no tiene sentido. Es el Logos desgarrando el velo.

Sin duda... El fin del relato visto desde dentro del relato mismo. Tránsitos —tiempo— que anuncian el fin del tiempo. El loco asesino de turno protagonizando la obra crepuscular de Stephen King. Su universo se desintegra, y no entiende nada. Sus correrías sádicas persiguiendo esposas fugitivas lo conducen a parajes incomprensibles. Es la Nada de The Neverending Story. La pérdida del sentido narrativo de nuestro universo es la correspondencia con el gesto de cierre de su Autor. Él se levanta de su escritorio, cuelga la pluma; los seres de tinta que pululaban por sus páginas, insuflados de vida, caen por abismos sin explicación. Vuelven al tintero de donde salieron.

¿Es Trump uno de esos "locos al cuadrado", uno de los protagonistas de esta obra tardía? ¿Hemos de leer su carta natal, o buscar la trazabilidad hasta su Autor? Creo que en este cambio sutil y trascendente de postura se encuentra la astrología actual.

El tránsito sobre la carta de Trump ya no determina qué nos espera a todos, como partes de un gran engranaje causal, pues esa cadena de causas y efectos —la trama— está colapsando, como hemos dicho. En cambio, esos tránsitos —y todos— pueden empezar a tomarse como la huella del Autor. Los tránsitos, todo el cuerpo analítico astrológico —la palabra, el Logos, en definitiva— se revelan como auténticas puertas dimensionales, vórtices creativos, la presencia directa de la mano hábil del Autor.

La tinta, el oro alquímico, el potencial. Todo termina, todo empieza.


(De repente, un murmullo apenas audible, sobrenatural, afilado como las urpas de un gato, rasga el aire. Es la cítara y el canto hipnótico del Ángel del Apocalipsis)


—La Gran Obra. Creo que ya está sonando...

—¿Nos trae la cuenta, por favor?

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