Amigos en el tiempo — Capítulo 4. Diálogo tranquilo con apocalipsis al fondo



Definitivamente, no es un día espléndido. Soplan brisas de Juicio Final, de Gran Cataclismo. Pero, así y todo, Gemma y Jorge han encontrado un bar abierto en el centro de Barcelona.

A fin de cuentas, es jueves, y no es festivo, ¿no?

¿O será una misteriosa "casualidad"? Quién sabe. Quizá estaba escrito en alguna parte que habían de reunirse para mostrarnos algo importante.


—El otro día comentabas que estamos jodidos si queremos "transicionar" desde la Tierra al Aire, porque no se puede, no se puede ir hacia el Aire desde la Tierra, pues el Aire es otro estado de ser, ortogonal a la Tierra, por así decirlo.

Aparentemente, nos estamos refiriendo ahí a un cambio en la estructura del mundo —en tanto realidad objetiva— que es un salto cuántico, que no se puede dar de manera lógica y gradual; vamos, que solo puede equivaler a un cataclismo, una revolución en toda regla. Pero así y todo, con todos esos matices "especiales", lo cierto es que ahí estamos apuntando a una realidad objetiva, extraordinaria, si se prefiere en este caso.

Lo que sugiero es que esa misma mecánica de empleo del lenguaje para dirigir hacia una realidad absoluta fuera de él —fuera de la mente— ya es la Tierra. Que esa palabra que apunta, que señaliza, eso es el "uso simbólico" al que tú te referías. Yo lo Ilamo "código simbólico" o "herramienta simbólica", para diferenciarlo del símbolo sin más. Así pues, el Aire, efectivamente, no permite el uso simbólico: es darse cuenta de que no existe tal realidad objetiva, que todo es un constructo de y en la mente o consciencia. El Aire es el Logos como realidad en sí misma ("en principio era el Verbo").

Por tanto, ya lo tenemos, eso es la "era del Aire" o la "era de Acuario". Darse cuenta de que no hay ninguna era, ningún tránsito de la Tierra al Aire, no hay tiempo, cronología. Solo este instante ilimitado que todo contiene y genera.

Tu comentario no habla de una realidad revolucionaria inminente; es la revolución en acto, está latente en esas palabras, como una masa crítica de energía a punto para estallar y desatar una reacción en cadena que disuelva la realidad ilusoria del mundo. Plutón, Urano y Neptuno.

—Cierto, estamos en una situación de "nodo gordiano metafísico" similar al que los físicos experimentan al tratar de compaginar la física clásica con la cuántica. Pero sin embargo se mueve ("e pure si muove"). Estamos ya en esa zona de confluencia en la que se mezclan las aguas de la realidad cartesiana del espacio-tiempo de la Tierra y la otra realidad que está fuera del espacio y del tiempo.

En medio de tu vida cotidiana, cuando vas a recoger tu motocultor reparado con el que laboras la Tierra te encuentras con dos seres angélicos que se han colado en ese mundo. Los planos de ambas realidades se entrecruzan y tu las percibes porque tu también estás ya en ambos planos.

—Ya, pero dicho así, quizá da la sensación que la "realidad más allá del tiempo y el espacio" es aquella quinta dimensión... a la cual solo puedes acceder con un pastel doble de ayahuasca o realizando un curso de Yoga Kundalini de 25 años hasta la iluminación del séptimo chacra. Quiero decir, que el lenguaje sigue siendo señal, y no simplemente "ser". Sigue siendo "Cuarto Milenio".

Lo que sugiero es dejar ese uso simbólico del lenguaje; que eso es el Aire, el símbolo desnudo, sin "uso".

En este sentido, la astrología es tanto el "preámbulo" como el "epilogo" del mundo. Aparece cuando la consciencia empieza a narrarse. Desaparece cuando la consciencia ve que no necesita narrarse.

Diría que lo que la astrología llama "era de Acuario" es el "epílogo" del mundo. No es que estemos entrando en una época revolucionaria, imprevisible, única: simplemente es la transparentación de todo ese marco, del autorrelato de la consciencia.

Que la astrología desaparezca no significa nada que pueda entenderse desde dentro del relato; no es una catástrofe, una proliferación descontrolada de "astrólogos basura", o cosas por el estilo. Es su propia consumación, el cierre del "gran libro del mundo". Ahí reside la trascendencia acuariana que intuimos.

Sí, estamos viviendo de algún modo el colapso del espacio y del tiempo como conceptos de separación y fragmentación.
Si ya todo sucede aquí y ahora, ¿para qué insistir en una astrología predictiva?
Si los símbolos entran en un estado fluido ¿para qué insistir en los viejos modelos?

—Se cae todo el castillo de naipes. La astrología, aunque se declare “no predictiva”, por el simple hecho de apoyarse en el movimiento cíclico de los planetas ya está operando dentro del tiempo: es tiempo.

La cuestión es que el tiempo deja de ser un sistema de referencia externo y absoluto, y se revela como parte de la creación del instante atemporal. Ya no es un cuchillo que trocea al ser en “lo que fue”, “lo que es” y “lo que será”, sino una pasarela transitable, un corredor de la propia consciencia. Por esa pasarela, el ser no avanza hacia adelante o hacia atrás, sino hacia otras dimensiones de sí mismo. Así, mirar al supuesto “pasado” es mirar un espejo: los antiguos griegos no existieron “antes”, sino que existen dentro, en otra cámara de la consciencia. Cada vez que analizamos un pasado como entidad independiente, en realidad estamos viajando en esa dimensión “espacial” que, como decía Jean Gebser, conecta estructuras de consciencia.

Los antiguos nos devuelven —reflejados— nuestros supuestos más incuestionables. Las preguntas sin respuesta que repetimos sobre ellos no buscan ser respondidas, sino visibilizar el marco que nunca cuestionamos. Y en el acto de ver ese marco —esa separación hegemónica y ubicua—, la separación se disuelve. Porque ver es ser.

Somos infinitamente más que análisis objetivo, más que la separación sujeto–objeto. Somos “ellos”, y “ellos” son “nosotros”.

Desde este colapso del tiempo, cabe preguntarse qué entendemos por astrología y qué entendemos por sus raíces. Igual que al hablar de los antiguos griegos, podemos hablar de la astrología primigenia. Cuando decimos: “mira, aquel astrólogo antiguo ya conocía los secretos ocultos en las órbitas planetarias”, ¿estamos apoyándonos en un pasado sólido que nos valida como astrólogos presentes? ¿O estamos, simplemente, creando el pasado que necesita aquello que nunca cuestionamos que somos: la separación?

En resumen. Cuando se ve que el tiempo no es un eje externo que ordena los hechos, sino una expresión del propio instante atemporal, deja de tener sentido hablar de un cambio que "viene", de un proceso nuevo que "transitamos", de una astrología que describe etapas. La astrología se desprende del tiempo, que es proceso o evolución.

Por así decirlo, donde primero se constata el colapso del espacio y el tiempo —como sugerimos antes— es en el ámbito astrológico. No solo porque la astrología puede captar que "está pasando algo" y lo puede anunciar, sino también porque lo experimenta en sus carnes. No lo explica porque lo puede entender o decodificar, sino porque lo vive sin separación alguna.

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