Acta est fabula, plaudite!



La mente bicameral y la consciencia mítica

En el siglo XX, dos autores muy distintos entre sí ofrecieron visiones complementarias sobre el origen y la transformación de la consciencia humana. Julian Jaynes, psicólogo y filósofo estadounidense, publicó en 1976 The Origin of Consciousness in the Breakdown of the Bicameral Mind, donde propuso que la mente antigua funcionaba como un sistema dividido en dos hemisferios: uno actuante (u obediente), que llevaba a cabo las acciones, y otro ejecutivo (u ordenante) que emitía órdenes en forma de voces. Cuando ambos hemisferios estaban desconectados, el ser humano experimentaba esas directrices internas como mandatos divinos: las voces de los dioses que guiaban su acción. En ese sentido, la mente bicameral no era un símbolo poético, sino un modo literal de funcionamiento psíquico. La consciencia moderna surgió —según Jaynes— cuando esa comunicación se interrumpió y el individuo comenzó a reconocerse como el autor de su propio pensamiento. Las antiguas “voces” dejaron de oírse fuera y pasaron a interpretarse como procesos internos.

Los antiguos griegos se referían a esas voces oraculares, divinas, como daimōn (griego: Δαίμων). En la India, los sacerdotes ṛṣi védicos no inventaban sus himnos, sino que los oían: eran dictados por esa misma voz, el deva (sánscrito: देव). Deva viene de la raíz indoeuropea dei- “brillar, irradiar luz"; la misma raíz de la cual procede Zeus, deus o dios. Es el “luminoso”, la manifestación resplandeciente de lo divino. La realidad misma se revelaba hablándoles. Así pues, la inspiración no era una metáfora: era una relación viva con el orden del cosmos.

Por su parte, Jean Gebser, filósofo y fenomenólogo suizo-alemán, había presentado ya en 1949 su obra Ursprung und Gegenwart (El origen y el presente), donde describía la evolución de la consciencia a través de distintas estructuras —arcaica, mágica, mítica, mental e integral— entendidas no solo como etapas cronológicas, sino como modos posibles de presencia en el mundo.

La consciencia mítica —equivalente en cierto modo a la mente bicameral descrita por Jaynes— es una de esas formas más profundas de presencia: un modo de ser en el que el mundo no se experimenta como exterior, ni separado del sujeto. No hay un individuo que percibe un objeto; todo está entretejido en un relato unitario, donde lo visible y lo invisible, lo humano y lo divino, son parte del mismo tejido.

Por eso, cuando los antiguos hablaban de los dioses o escuchaban voces, no describían fenómenos internos, sino expresiones directas del mundo mismo. La voz era el mundo hablando, y el mundo era esa voz. Toda acción humana —un acueducto, un poema, una ofrenda— era una manifestación sagrada, no una metáfora o un logro puramente racional y funcional.


Mito: ¿Automatismo o unidad?

Según Jaynes, ni el hemisferio que mandaba ni el que obedecía eran conscientes tal como hoy entendemos la consciencia. Todo aquel universo de dioses y héroes era, en su visión, un automatismo narrativo, un teatro puesto en marcha: los dioses dictaban, los hombres actuaban, y la trama seguía su curso sin un observador interior que reflexionara sobre ella. No existía un “yo” que se sintiera autor de nada; el mundo se desplegaba a sí mismo, como una historia que simplemente ocurre.

Pero aquí se abre la distancia decisiva con Gebser. El "teatro" que para Jaynes es un mecanismo inconsciente, para Gebser es una unidad de presencia, una forma de consciencia no dividida. No hay separación entre sujeto y objeto, entre el que actúa y lo actuado: todo pertenece a un mismo relato viviente. En el mundo mítico, los dioses, los héroes y los hombres son distintas voces de una sola narración coherente, diferentes pulsos de una totalidad que se expresa a través de ellos.

Por eso los antiguos no construían para conquistar ni para llegar más lejos, sino para manifestar la coherencia interna del cosmos. Sus calzadas, sus templos, sus poemas no se proyectaban hacia un "más allá", sino hacia dentro, conectando los diferentes lugares de un mismo mundo sagrado —el mundo conocido, como torpemente leemos nosotros. Cada obra prolongaba el tejido del mito, del mismo modo que un nuevo capítulo o una nueva temporada prolonga una serie de ficción sin abandonar jamás su coherencia interna. Era una expansión orgánica, no una conquista.


La distorsión del tiempo

La confusión surge cuando la estructura mental —lo que comúnmente se denomina ser humano—, al emerger, interpreta todo lo anterior desde su propio prisma dual. Es decir, en el pasado histórico ve exclusivamente una realidad cronológicamente anterior, ya extinta, separada de nuestro tiempo. Por tanto, evade sistemáticamente el reflejo que todo "aquello" supone, pues este conduciría al colapso de esa misma distancia ilusoria entre el observador presente y el pasado observado. Aunque, como veremos más adelante, ese colapso es inevitable.

El pensamiento moderno, al afirmar que los griegos eran “inconscientes” o “autómatas”, está proyectando su propio mito: el mito de la separación. Para Jaynes, los antiguos no eran conscientes porque no sabían que las voces venían de su cerebro. Para Gebser, en cambio, esa separación no existía: no había un fuera ni un dentro. Lo que hoy llamamos consciencia reflexiva —ese saberse separado, un yo— es, en cierto modo, una pérdida de contacto con la experiencia plena de la vida, un oscurecimiento de la presencia.

La sociedad moderna no es menos mítica que la clásica grecorromana, por ejemplo; simplemente ha olvidado su mito, y por eso lo vive como “realidad objetiva”, que es en gran medida lo opuesto a la "superchería mitológica" que se atribuye a nuestro pasado. Por eso resulta tan reveladora la célebre sentencia póstuma que el primer emperador romano, Augusto, pronunció cuando yacía en su lecho de muerte, rodeado por sus allegados:

Acta est fabula, plaudite! ("Se ha representado la comedia, ¡aplaudid!") Suetonio, Vida de Augusto, 99.

Pero fabula, del verbo fari (“hablar”), no significa solo “obra teatral”: alude a todo relato pronunciado, al mito mismo. Así, la frase puede entenderse como: “El relato ha sido contado.”

Así pues, lejos de ser una boutade o un gesto irónico, esa frase probablemente fue pronunciada con la solemnidad propia de un cierre ritual. Las fuentes antiguas, como Suetonio o Dión Casio, no registran en ella ironía o cinismo alguno; la distancia interpretativa la hemos añadido nosotros. En la mentalidad romana de principios de nuestra era —aún imbuida de la estructura mítica, aunque ya en sus últimos compases— la vida era, efectivamente, una representatio: una función sagrada en la que cada cual cumplía el papel que el orden cósmico le había asignado. “Representar bien la comedia” no era fingir, sino cumplir el rito del mundo. Para nosotros, actuar es simular algo que no somos; para ellos, era dejarse actuar por la totalidad. Por eso, en esa última frase, Augusto no se despide como individuo autónomo, sino como el personaje que encarnaba: el propio Imperio expresándose a través de él.


El colapso del mito

Lo que Peter Kingsley muestra —y lo que venimos desarrollando en este paseo— es que no hemos salido del mito, sino que vivimos dentro de su forma más ciega: su propia negación. Es el mito del yo separado, del observador que analiza todo. La epopeya del héroe racional que asegura haber dejado atrás la turbia ciénaga de la superstición y ahora se encamina, resoluto, hacia la radiante llama de la verdad. Pero esa llama no ilumina, sino que ciega: su claridad devora lo que toca

Pero, al mismo tiempo, esa ceguera extrema es la antesala de una visión mucho más amplia. La tarea ya no es escapar del mito, ni interpretar su simbolismo, sino verlo como tal, reconocerlo en acto. Y al hacerlo, voces, pensamientos y sincronicidades se precipitan en un abismo de claridad. Dejan de ser devas o fenómenos psicológicos para revelarse como lo que siempre fueron: el habla viva del Ser.

La consciencia se revela transparente: puede verse a sí misma a través de todas sus capas, reconocerse en todas y cada una de sus formas. Es la estructura integral.

Los antiguos dioses irrumpiendo, volviendo de su destierro en las arenas del tiempo. Pero eso ya... es otra historia.

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