Del Brahman al vacío cuántico
En física cuántica, el vacío no es “nada”, sino un estado de mínima energía donde constantemente aparecen y desaparecen partículas virtuales; es decir, la materia surge de las fluctuaciones del vacío cuántico, manifestaciones temporales de energía que se autoaniquilan.
Este sustrato de potencialidad se relaciona con conceptos espirituales como el Brahman hindú, el Śūnyatā budista o el Da’at cabalístico: todos apuntan a una realidad primordial que precede a la manifestación y lo abarca todo sin división. Es un campo de potencialidad pura, sin forma ni distinción, del que emergen las formas, las leyes y la experiencia. En este sentido, también resuena con la esencia disolvente del Piscis astrológico, donde lo particular se disuelve en el todo; o con el orden implicado de la visión holística de David Bohm.
Nuestra realidad objetiva, material, basada en la metafísica materialista, es el mito de la desmitificación: un relato mítico autocoherente, con sus ritos, dioses y héroes, que se agitan dentro de un argumento fundado en la negación de lo mítico —lo “objetivo”, “tangible”, “observable”, “demostrable”—.
Es la estructura de consciencia mítica subsumida en la estructura mental. El resultado es un mito unificado —la “sociedad”— compuesto internamente por microrelatos individuales, fragmentos independientes. La dualidad sujeto-objeto es la fachada; lo unitario, lo indiviso, sostiene esa dualidad desde debajo.
Para entender el contraste: en la antigua Roma era al revés. La estructura mental estaba subsumida en la mítica: lo expuesto era lo unitario, el relato autocoherente, y la dualidad trabajaba a su servicio. El individuo no existía como lo entendemos hoy —como entidad libre y autónoma—, sino como actuante dentro de una obra teatral universal. La dualidad no era fachada, sino cimiento del mito explícito: las polaridades —hoy, “polarizaciones”— entre buenos y malos eran parte natural del relato, coexistían en una tensión viva, sin excluirse mutuamente como ahora, donde un polo niega al otro.
Aquí resuena, obviamente, Gebser, y también Jaynes (aunque por separado parezca que no hablen de lo mismo).
Ver el vínculo simbólico entre el Brahman vedántico, el Śūnyatā budista o el Da'at cabalístico y el vacío cuántico no es más que la transparentación de las estructuras de consciencia: unas se revelan a través de las otras. Eso es la estructura integral: ya no hay mito de la dualidad ni dualidad mitológica, sino el todo autoreflejándose a sí mismo.
Es obvio, si se tiene en cuenta esto, que la Antigüedad es “el pasado” —una “etapa anterior en el tiempo”— solo desde la perspectiva de la estructura mental. En la estructura integral, el pasado se revela como un origen siempre presente, muriendo a su vieja forma dual, cartesiana, temporal.

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