El eje del materialismo
Cuando se habla de la conjunción entre Urano, Neptuno y Plutón que tuvo lugar en el siglo VI a. C., suele afirmarse que marca el inicio del pensamiento racional, en correlación precisa con la Era Axial —formulada por el filósofo alemán Karl Jaspers: el despertar de la filosofía griega, la aparición del sujeto que reflexiona sobre el mundo y la puesta en marcha de la tradición intelectual que nos ha llegado hasta hoy. Sin embargo, si atendemos al símbolo sin apoyarnos en ese relato previo, la lectura se modifica por completo.
La llamada Era Axial, con sus filósofos griegos, profetas y reformulaciones espirituales, no es entonces el nacimiento de la razón en sentido evolutivo, sino el punto de máxima densidad de esa estructura. La consciencia empieza a narrarse a sí misma como algo que ha despertado, que progresa y que traza una línea desde el pasado cavernario hasta el presente luminoso. Pero esa narración es posible precisamente porque la separación entre sujeto y mundo ya se ha sedimentado: la historia empieza cuando la consciencia se ve a sí misma como un “alguien” que avanza a través del tiempo.
Tauro encaja aquí sin forzarlo. Representa la estabilización de una forma de percibir, de sentir el mundo, la creación de un suelo que permite que luego aparezcan el pensamiento racional, las distinciones conceptuales, el análisis y la idea de un cosmos ordenado. Pero ese “suelo” no es neutral. Es el resultado de un pliegue de la consciencia sobre sí misma, que al solidificarse genera la impresión de un exterior autónomo y de un interior separado. En este sentido, la conjunción UNP no inaugura la razón: inaugura la imposibilidad de ver la estructura que hace posible la razón.
Entendida así, la semilla taurina va desplegando un árbol cuya forma solo ahora empezamos a reconocer. La solidez inicial permite siglos de pensamiento basado en la estabilidad del mundo, la objetividad de los hechos y la continuidad del tiempo. Pero en la actualidad —con el pequeño gran trígono que dibujan los tres planetas tranpersonales en curso— ese árbol empieza a mostrar sus límites. Lo que antes servía como base para pensar, ahora deja ver sus fisuras. Muchos fenómenos contemporáneos, desde los colapsos conceptuales hasta las tensiones entre disciplinas o la disolución de certezas —como en el fenómeno de las "fake news"—, pueden entenderse como el momento en que esa estructura sólida empieza a hacerse transparente.
Si proyectamos esta lógica simbólica hacia la futura conjunción UNP en Géminis (año 3370), la diferencia entre Tauro y Géminis cobra sentido. Lo que en Tauro se fijó como forma cerrada, en el signo aéreo y mutable de Géminis aparece como apertura, como capacidad de ver la estructura sin quedar atrapado en ella. Pero no es necesario esperar a esa fecha: la transparencia que simboliza la conjunción transpersonal en Géminis ya está presente en cuanto el símbolo mismo es puesto sobre la mesa de análisis. Ahí radica la diferencia. En ese gesto, la separación empieza a disolverse por sí sola.
Por eso resulta tan significativo que en la conjunción de la Era Axial no haya ningún signo del “dos”, ningún símbolo explícito de dualidad. Hay más bien un uno endurecido, un campo tan compacto que impide ver cualquier cosa más allá de él. La dualidad no aparece representada porque todavía no se ve como dualidad: se vive como naturaleza. En cambio, la conjunción futura en Géminis sí representa un desdoblamiento, pero ya no de separación, sino de transparencia: dos que son uno, o uno que se expresa en dos sin dividirse.
Urano, Neptuno y Plutón representan corrientes profundas de la consciencia, los estratos que dan forma a la experiencia y que operan por debajo de lo mental. Son los dioses del cambio, como los nombró el astrólogo Howard Sasportas.
La clave está en el signo donde ocurre la conjunción, Tauro. En principio, la eclosión del pensamiento racional, de la lógica, no se ve reflejada en este signo de Tierra fijo (un signo de Aire quizá nos encajaría más, según este razonamiento). Aunque ya empieza a cuadrar más con el signo de Tierra si pensamos en la Era Axial como un periodo histórico muy fértil, en el cual se sentaron las bases de nuestra civilización. Sin embargo, no acaba de quedar claro dónde reside lo racional dentro del simbolismo de aquella gran conjunción.
Pero si tomamos a Tauro en serio, la imagen cambia. Lo que apareció no fue la razón en sí, sino una base sólida y muy difícil de cuestionar, un marco ontológico que se establece como fondo tácito: una estructura donde la consciencia queda fijada en una percepción dividida entre un “yo que observa” y un “mundo observado”. Dicho de otro modo, la conjunción describe el momento en que esa separación sujeto-objeto se vuelve tan estable que ya no se la reconoce como una construcción en y de la consciencia. Esta es precisamente la cualidad taurina en su dimensión profunda: la preservación de una forma, la resistencia al cambio y la creación de un soporte que parece natural.
La consecuencia de esa fijación es la aparición de lo que hoy entendemos como metafísica materialista, aunque en aquel momento no surgiera de manera explícita. La idea de que hay un mundo externo compuesto por cosas, regido por leyes que operan al margen del observador, se vuelve sentido común. La consciencia asume que se relaciona con la realidad desde fuera, que la observa desde un punto relativamente estable y que el tiempo se despliega como un eje objetivo donde los hechos ocurren.
Pero si tomamos a Tauro en serio, la imagen cambia. Lo que apareció no fue la razón en sí, sino una base sólida y muy difícil de cuestionar, un marco ontológico que se establece como fondo tácito: una estructura donde la consciencia queda fijada en una percepción dividida entre un “yo que observa” y un “mundo observado”. Dicho de otro modo, la conjunción describe el momento en que esa separación sujeto-objeto se vuelve tan estable que ya no se la reconoce como una construcción en y de la consciencia. Esta es precisamente la cualidad taurina en su dimensión profunda: la preservación de una forma, la resistencia al cambio y la creación de un soporte que parece natural.
La consecuencia de esa fijación es la aparición de lo que hoy entendemos como metafísica materialista, aunque en aquel momento no surgiera de manera explícita. La idea de que hay un mundo externo compuesto por cosas, regido por leyes que operan al margen del observador, se vuelve sentido común. La consciencia asume que se relaciona con la realidad desde fuera, que la observa desde un punto relativamente estable y que el tiempo se despliega como un eje objetivo donde los hechos ocurren.
De hecho, las correlaciones simbólicas son asombrosas:
metafísica ↔️ transpersonal
materialismo ↔️Tauro.
La llamada Era Axial, con sus filósofos griegos, profetas y reformulaciones espirituales, no es entonces el nacimiento de la razón en sentido evolutivo, sino el punto de máxima densidad de esa estructura. La consciencia empieza a narrarse a sí misma como algo que ha despertado, que progresa y que traza una línea desde el pasado cavernario hasta el presente luminoso. Pero esa narración es posible precisamente porque la separación entre sujeto y mundo ya se ha sedimentado: la historia empieza cuando la consciencia se ve a sí misma como un “alguien” que avanza a través del tiempo.
Tauro encaja aquí sin forzarlo. Representa la estabilización de una forma de percibir, de sentir el mundo, la creación de un suelo que permite que luego aparezcan el pensamiento racional, las distinciones conceptuales, el análisis y la idea de un cosmos ordenado. Pero ese “suelo” no es neutral. Es el resultado de un pliegue de la consciencia sobre sí misma, que al solidificarse genera la impresión de un exterior autónomo y de un interior separado. En este sentido, la conjunción UNP no inaugura la razón: inaugura la imposibilidad de ver la estructura que hace posible la razón.
Entendida así, la semilla taurina va desplegando un árbol cuya forma solo ahora empezamos a reconocer. La solidez inicial permite siglos de pensamiento basado en la estabilidad del mundo, la objetividad de los hechos y la continuidad del tiempo. Pero en la actualidad —con el pequeño gran trígono que dibujan los tres planetas tranpersonales en curso— ese árbol empieza a mostrar sus límites. Lo que antes servía como base para pensar, ahora deja ver sus fisuras. Muchos fenómenos contemporáneos, desde los colapsos conceptuales hasta las tensiones entre disciplinas o la disolución de certezas —como en el fenómeno de las "fake news"—, pueden entenderse como el momento en que esa estructura sólida empieza a hacerse transparente.
Si proyectamos esta lógica simbólica hacia la futura conjunción UNP en Géminis (año 3370), la diferencia entre Tauro y Géminis cobra sentido. Lo que en Tauro se fijó como forma cerrada, en el signo aéreo y mutable de Géminis aparece como apertura, como capacidad de ver la estructura sin quedar atrapado en ella. Pero no es necesario esperar a esa fecha: la transparencia que simboliza la conjunción transpersonal en Géminis ya está presente en cuanto el símbolo mismo es puesto sobre la mesa de análisis. Ahí radica la diferencia. En ese gesto, la separación empieza a disolverse por sí sola.
Por eso resulta tan significativo que en la conjunción de la Era Axial no haya ningún signo del “dos”, ningún símbolo explícito de dualidad. Hay más bien un uno endurecido, un campo tan compacto que impide ver cualquier cosa más allá de él. La dualidad no aparece representada porque todavía no se ve como dualidad: se vive como naturaleza. En cambio, la conjunción futura en Géminis sí representa un desdoblamiento, pero ya no de separación, sino de transparencia: dos que son uno, o uno que se expresa en dos sin dividirse.
Dicho de otro modo: la conjunción transpersonal en Géminis no habla ya de la dualidad sujeto-objeto, sino de una dualidad trascendente, transpersonal, del diálogo entre las distintas dimensiones que coexisten en el ser.
En definitiva, esta lectura devuelve el símbolo a su propio terreno y permite entender la Era Axial no como el inicio del pensamiento lógico, sino como la consolidación silenciosa de su matriz: una metafísica materialista que, por su misma estabilidad, no podría reconocerse a sí misma. Y tal vez el hecho de estar viendo ahora esa estructura, de poder leerla en el símbolo y comprender su dinámica, indica que el despliegue ya está en marcha y que aquello que se fijó hace dos mil seiscientos años empieza, por fin, a mostrar su transparencia.
La conexión con Kingsley
La obra del filósofo Peter Kingsley —en la que destacan sus libros En los oscuros lugares del saber y Realidad— gira entorno a la siguiente visión perturbadora:
En definitiva, esta lectura devuelve el símbolo a su propio terreno y permite entender la Era Axial no como el inicio del pensamiento lógico, sino como la consolidación silenciosa de su matriz: una metafísica materialista que, por su misma estabilidad, no podría reconocerse a sí misma. Y tal vez el hecho de estar viendo ahora esa estructura, de poder leerla en el símbolo y comprender su dinámica, indica que el despliegue ya está en marcha y que aquello que se fijó hace dos mil seiscientos años empieza, por fin, a mostrar su transparencia.
La conexión con Kingsley
La obra del filósofo Peter Kingsley —en la que destacan sus libros En los oscuros lugares del saber y Realidad— gira entorno a la siguiente visión perturbadora:
«Toda la historia de la filosofía occidental —toda nuestra historia— ha sido creada suprimiendo la verdad de sus orígenes.
Lo que hemos heredado es una fabricación, una historia cuidadosamente construida que oculta lo que había al comienzo.»
Lo que Peter Kingsley describe como una “falsificación” en el origen de la filosofía —ese desplazamiento de la raíz visionaria y mística hacia un relato puramente racional— cobra aquí una luz distinta. No se trata de una manipulación histórica ni de una decisión consciente de ocultar nada, sino de un efecto inherente al propio pliegue de la consciencia cuando opera desde la separación sujeto-objeto. La conjunción UNP en Tauro no simboliza un engaño producido por alguien, sino la rigidez con la que la consciencia se encapsula a sí misma y genera relatos que ya no puede ver como propios.
El mito racionalista no surge porque alguien lo imponga, sino porque la estructura misma de la percepción, en su fase de máxima inercia, solo puede narrarse a través de cronologías, causas y fundamentos externos. En este sentido, lo que Kingsley denuncia como tergiversación histórica se revela aquí como un movimiento natural: la consciencia se oculta mientras se despliega, y ese ocultamiento, lejos de ser un error, es precisamente el símbolo de aquella semilla taurina que ahora comienza a abrirse.
Lo que Peter Kingsley describe como una “falsificación” en el origen de la filosofía —ese desplazamiento de la raíz visionaria y mística hacia un relato puramente racional— cobra aquí una luz distinta. No se trata de una manipulación histórica ni de una decisión consciente de ocultar nada, sino de un efecto inherente al propio pliegue de la consciencia cuando opera desde la separación sujeto-objeto. La conjunción UNP en Tauro no simboliza un engaño producido por alguien, sino la rigidez con la que la consciencia se encapsula a sí misma y genera relatos que ya no puede ver como propios.
El mito racionalista no surge porque alguien lo imponga, sino porque la estructura misma de la percepción, en su fase de máxima inercia, solo puede narrarse a través de cronologías, causas y fundamentos externos. En este sentido, lo que Kingsley denuncia como tergiversación histórica se revela aquí como un movimiento natural: la consciencia se oculta mientras se despliega, y ese ocultamiento, lejos de ser un error, es precisamente el símbolo de aquella semilla taurina que ahora comienza a abrirse.

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