Amigos en el tiempo — Capítulo 3. Cuando el mar nos tenga
—¡Mamá, mira! ¡Las piedrecitas se esconden! ¿Lo ves?
La playa estaba desierta esa mañana. Era algo bastante usual en esa época del año, aunque a la niña que correteaba alborozada sobre la grava que cubría la zona más alejada de la orilla le pareció un descubrimiento inaudito. Su madre, sentada en un pequeño saliente rocoso situado a unos treinta metros, la observaba, sonriente, con los ojos entornados y la mano a modo de visera. Le pareció ver como los movimientos de su hija se fundían con los juguetones destellos de sol en el mar.
—¡Mamá, ven! ¡Lánzalas tú! ¡Coge muchas, a ver si también saben esconderse!
La mujer tomó un puñado de gravilla con ambas manos, y se puso en pie, dispuesta a dejarse fascinar por aquella playa misteriosa. Soltó una risita, que rebosaba ternura y alegría por aquella mañana tan...
(Suena su teléfono móvil)
(Suena de nuevo)
(Y otra)
—¿Diga?
—Gemma, buenos días. ¿Te he despertado?
(Mira la hora en la pantalla del móvil)
—Vale, disculpa por llamarte a estas horas. Es que he tenido un sueño muy extraño.
—¿Cómo? ¿Mi madre?
—Nada, olvídalo. ¿Qué has soñado?
—Pues cómo decirte… En el sueño aparecía el mar, vamos, sólo se veía agua, el fondo del mar. Pero no como si yo estuviese buceando o nadando, no. Era otra cosa. Diría que yo era el mar.
—Mmm, ¿seguro que no estaba tu madre por allí?
—Y dale con mi madre… ¿Crees que el sueño está relacionado con mi madre?
—Ah, no lo sé, puede ser. No importa, es broma. Cuenta, cuenta.
—Pues eso, era como si mi cuerpo fuese agua. No rollo Bruce Lee, sino algo más… etéreo. No sé, tía, es difícil de explicar, pero ha sido muy intenso.
—Te entiendo. Escucha, ¿por qué no te vienes a casa y desayunamos juntos? Te invito. Así comentamos tu sueño y te explico una idea que acabo de tener.
—Genial, muchas gracias, Gemma. Seré el viento que se cuela por tu ventana y acaricia tus pies descalzos. En media hora estoy ahí.
—Sólo te he invitado a desayunar, no te hagas ilusiones.
(Carcajadas)
—Venga, hasta ahora.
Las tostadas casi se carbonizan. Es así como le gustan a Gemma. Jorge abrió la ventana con presteza, para evacuar aquella humareda de la cocina. A continuación, se sirvió una taza de café, que acompañó con unas galletas integrales.
—Al final, no entraste tú por la ventana, cual soplo matutino, pero sí se escapó el humo.
—Yo creo que se escapó la mitad de tu tostada…
(Más risas)
—Oye, muy buena esa. La tostada que se transforma en humo. Precisamente, por ahí van los tiros de mi idea. Pero primero, acaba de contarme tu sueño.
—Ah, claro. Como te contaba antes, yo era el mar, por decirlo de alguna manera. En algún momento, los rizos de mis olas se extendieron hacia una playa paradisíaca y, de pronto, fui la arena de su orilla. A
continuación, me transferí a las rocas que había un poco más allá, y después a las palmeras que bordeaban la playa. Sentía la brisa marina bambolear mis hojas. Acto seguido, vi como la isla se alejaba, rápidamente, y sentí como me fundía con las nubes. Creo que en ese punto, desperté y marqué tu número en el móvil.
—Un sueño muy interesante, sí. Te cuento lo que he visualizado antes. La consciencia siente magnetismo por las formas, por la identidad. Es decir, se aglutina fácilmente para dar lugar a entidades individuales.
—Entiendo. Esto tiene que ver con nuestra actividad del folio recortado*, ¿no?
—La consciencia se fragmenta…
—Sí, la fragmentación es inherente a ella. La consciencia la podemos imaginar como un foco de luz que emplea un punto de apoyo, un fragmento, para iluminar todo lo que le rodea. Fíjate que he dicho “punto de apoyo”.
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a que la consciencia es amante de las formas, pero podríamos decir que es promiscua, por definición.
—Anda, que calladito lo tenía… ¿Quieres decir que querrá saltar de una forma a otra, contínuamente?
—Sí, aunque no por pura vanidad, sino para eliminar los ángulos muertos.
—Ah, entiendo. Por ejemplo, si no me levanto de mi silla, jamás podré ver cómo es.
—Muy bien. Es más: si tan repantigado estás en la silla, te acabas fundiendo con ella. Seguro que te ha pasado alguna vez. (Suelta una risotada).
—Cómo me conoces… Entonces, si me fundo con la silla, me va a costar mucho trabajo despegarme de ella.
—Así es. La consciencia puede extraer una forma de la totalidad y quedarse cristalizada, “atascada”, en ella. Desde ese punto de apoyo fijo, mirará al resto de formas, viéndolas siempre igual. El hecho de saberse una identidad concreta, única e independiente, implica, necesariamente, que las otras también sean concebidas del mismo modo. Aquí ya se insinúa aquello de “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”.
—Qué aburrimiento, pues. Entonces, ¿cómo se come esto si la consciencia es promiscua con las formas? Si me permites la divagación, esto me suena a drama pasional, a esas parejas que se perpetúan, que se callan sus más evidentes sentimientos por mantener las formas, terminando todo con un espectáculo pirotécnico de abusos, control, infidelidades y demandas de divorcio.
—Has definido a la perfección al género humano, bravo.
(Carcajadas)
—Cultivar la consciencia es, pues, tarea natural del ser consciente. Por tanto, si el ser consciente no es más que un punto fijo sobre el cual la consciencia se apoya y se despliega, se entiende que la consciencia tan sólo busca descubrirse a sí misma.
—Es un todo en sí misma…
—Efectivamente, la autoconsistencia de la consciencia.
—Cuando decimos “ser consciente”, es obvio que nos referimos al ser humano. Si no he entendido mal tus razonamientos, el ser humano sería un… ¿Nodo fijo de la consciencia? Espera, y le doy una vuelta más: entonces, ¿una roca sería un nodo “pasajero” de la consciencia? No sé si me explico.
—Muy buena apreciación. Aquí volvemos al principio de los opuestos complementarios. Si el ser humano actúa como nodo fijo, como un "yo", esto implica que estará absolutamente convencido de que las entidades ajenas que percibe también lo deben ser. Al proyectar su cara excluida, la “pasajera”, sobre dichas formas, se verá rodeado de objetos inanimados, pasivos; o de seres no inteligentes o que no son conscientes de sí mismos, según la modalidad humana. ¿Me sigues?
—El vino para desayunar, como que no, ¿no?
(Carcajadas)
—Tranquilo, tómate tu tiempo para procesarlo. Pero bueno, la culpa es tuya por soñar que eras el mar…
(Más carcajadas)
—Era broma, te voy siguiendo.
—Vale. ¿Por dónde iba? Ah, sí. El ser humano, el nodo fijo, percibe entidades externas que simplemente existen, están ahí, sin más. Esto lo conducirá a diferenciarse de todas ellas, al entender que su existencia individual es el efecto de una inteligencia divina, de una causa superior. Incluso que las otras criaturas o cosas también tienen un sentido dentro de ese plan divino.
—Espera un momento. ¿Y qué ocurre con los animales? Se ha observado que algunos sí que presentan signos de ser conscientes de sí mismos, de inteligencia.
—Buena pregunta. Es cierto lo que apuntas, en un nivel concreto de interpretación. Fíjate en que la clave está en eso que llamamos "personalidad". El observador humano puede constatar que el chimpancé, efectivamente, es inteligente y consciente de sí mismo. Pero, a la vez, está acotando esas cualidades en el dominio cerrado de la entidad que percibe y nombra como “chimpancé”. Es decir, está humanizando la inteligencia y la consciencia. Implícita a esa deducción está la premisa básica de que esas cualidades son propias de entidades individuales, porque así lo interpreta en sí mismo.
—Entonces, al yo estar pensando y deduciendo cosas, concluiré que soy inteligente. Aunque, en realidad, debería afirmar que es la totalidad la que está pensando.
—Sí. Y cuando tú piensas en ti mismo, en tu "yo", cuando la personalidad se autodefine, la totalidad te está pensando.
—Qué pasada… Todas las cualidades que percibimos, y las entidades vivas o inanimadas a las que se las atribuimos, son efluvios de la totalidad.
—Sin duda. Si un chimpancé es consciente de sí mismo, es obvio que la consciencia se está expresando. Aquí, aprovecho para conectar con el hilo de los nodos fijos o pasajeros de la consciencia. Desde nuestra perspectiva, como nodo fijo, el chimpancé es un nodo pasajero. Si decimos "este animal es consciente de sí mismo", deberíamos darnos cuenta también de que está en equilibrio con su entorno, cosa que no ocurre con el ser humano. La consciencia que detectamos en el chimpancé está deslocalizada, se comparte por igual entre todos los elementos que lo rodean.
—¿El chimpancé tiene personalidad, piensa en sí mismo?
—Lo que se manifiesta es una personalidad compartida. Aunque nosotros veamos en el chimpancé atisbos de una personalidad individual.
—Entiendo. Como una bandada de estorninos, que viran todos sincrónicamente. O una comunidad de hormigas o de abejas, que trabajan con un nivel de cooperación y coordinación increíbles.
—Allá donde mires encontrarás evidencias de una inteligencia que excede con mucho a la que nos atribuimos a nosotros mismos. Mira el cielo, las estrellas, los planetas, las galaxias…
—Es fascinante… Resumiendo: las entidades individuales que tú y yo captamos llevan una buena capa añadida de apariencia humana. Sin darnos cuenta, les insuflamos personalidad individual. Vamos, que son espejos.
—Pero, créeme, no habría universo sin ser humano, y no habría ser humano sin matrimonios de fuegos artificiales.
(Risas)
—Escucha, volviendo a mi sueño. ¿Crees que se puede experimentar ser un árbol o una roca sin tomar setas alucinógenas?
—Siento quitarte de la cabeza la idea de darte un viaje con esas setas, pero sí, sí se puede. Siempre y cuando tengamos claro que la consciencia, en esencia, no tiene como fin encapsularse en la identidad personal. Ni en ninguna otra cosa. Si tú intentas ser un árbol —hongos al margen—, recuerda antes que tú ves una “personalidad árbol” porque la consciencia está fijada en la forma “Jorge", por ejemplo. Por tanto, concebir la unidad como la posibilidad de difundirnos hacia las entidades externas es otro reflejo más de lo que ya está sucediendo: el "yo" absorbe la consciencia, como una esponja.
—Todo está sucediendo, siempre… Creo que esta charla está superando a mi sueño. Entonces, ¿deberíamos darnos cuenta de que somos ya una roca, un árbol, una nube o el mar?
—Podemos jugar con las formas. Dejar de juzgarlas, de insuflarles personalidad, sentido. Los niños hacen eso cuando tienen pocas semanas de vida. Como tú bien dices, todo está sucediendo, siempre. Así pues, seamos conscientes de esa forma “niño” que sin duda existe y que desafía a la personalidad. La consciencia, ahí, se abre en abanico. En ese momento, ya no soñamos con ser el mar o una palmera. No hace falta...
—Guau, te entiendo. El sueño, la añoranza de ser niño… Cuánta ñ…
(Carcajadas)
—Por cierto, Jorge, cambiando un poco de tema. Te quería preguntar una cosa. Tiene que ver con las hipotéticas formas de vida, diferentes, pero similares al ser humano.
—¿Seres inteligentes extraterrestres?
—Eso es. ¿Te has preguntado si es posible que hayamos tenido o tengamos contacto con ellos en algún momento?
—Claro, ¿quién no se ha preguntado eso alguna vez? ¿Por qué lo dices?
—"Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”… ¿No te parece sospechoso que no haya constancia cierta de tales seres?
—Ya sé por donde vas, querida. El ser humano espera un extraterrestre, ¿no? Aplica personalidad a la inteligencia, igual que a sí mismo, o a una hormiga. Espera encontrar un indicio externo que confirme su propia condición. Otro ser análogo capaz de escribir partituras o deducir teorías científicas, para entendernos.
—Sí. Pero eso no puede ocurrir. El universo no le trae al ser humano lo que espera encontrar, solamente le hace de espejo en el que poder mirarse. Si él se sabe un ser consciente, inteligente, el universo le recuerda siempre eso mismo. O sea, que toda entidad externa con la que establezca contacto será no consciente, no inteligente; no en el formato concreto que marca la fijación de la consciencia en la imagen humana.
—Sin pretender hacer "spoiler", esto es lo que acaba transmitiendo la novela de Carl Sagan Contact (a pesar de que el propio Sagan, como buen científico, tenía otra idea en la cabeza cuando la escribió...).
—Así es. Si hablamos con propiedad, el ser humano no es estrictamente un ser: es un estado posible de la consciencia. Todo lo que él capta es su opuesto complementario, es lo que queda excluido en el acto de su propia fundación.
—Los opuestos complementarios, de nuevo.
Una ráfaga de viento empujó la hoja de la ventana, que se abrió un par de palmos más. Una fragancia compleja, con un sutil toque salino, a mar, inundó la estancia.
—¿Un poco más de café?
La playa estaba desierta esa mañana. Era algo bastante usual en esa época del año, aunque a la niña que correteaba alborozada sobre la grava que cubría la zona más alejada de la orilla le pareció un descubrimiento inaudito. Su madre, sentada en un pequeño saliente rocoso situado a unos treinta metros, la observaba, sonriente, con los ojos entornados y la mano a modo de visera. Le pareció ver como los movimientos de su hija se fundían con los juguetones destellos de sol en el mar.
—¡Mamá, ven! ¡Lánzalas tú! ¡Coge muchas, a ver si también saben esconderse!
La mujer tomó un puñado de gravilla con ambas manos, y se puso en pie, dispuesta a dejarse fascinar por aquella playa misteriosa. Soltó una risita, que rebosaba ternura y alegría por aquella mañana tan...
(Suena su teléfono móvil)
(Suena de nuevo)
(Otra vez)
(Y otra)
—¿Diga?
—Gemma, buenos días. ¿Te he despertado?
(Mira la hora en la pantalla del móvil)
—Buenos días, Jorge. No, tranquilo, ya iba a levantarme, son las 9.
—Vale, disculpa por llamarte a estas horas. Es que he tenido un sueño muy extraño.
—¿Estabas con tu madre?
—¿Cómo? ¿Mi madre?
—Nada, olvídalo. ¿Qué has soñado?
—Pues cómo decirte… En el sueño aparecía el mar, vamos, sólo se veía agua, el fondo del mar. Pero no como si yo estuviese buceando o nadando, no. Era otra cosa. Diría que yo era el mar.
—Mmm, ¿seguro que no estaba tu madre por allí?
—Y dale con mi madre… ¿Crees que el sueño está relacionado con mi madre?
—Ah, no lo sé, puede ser. No importa, es broma. Cuenta, cuenta.
—Pues eso, era como si mi cuerpo fuese agua. No rollo Bruce Lee, sino algo más… etéreo. No sé, tía, es difícil de explicar, pero ha sido muy intenso.
—Te entiendo. Escucha, ¿por qué no te vienes a casa y desayunamos juntos? Te invito. Así comentamos tu sueño y te explico una idea que acabo de tener.
—Genial, muchas gracias, Gemma. Seré el viento que se cuela por tu ventana y acaricia tus pies descalzos. En media hora estoy ahí.
—Sólo te he invitado a desayunar, no te hagas ilusiones.
(Carcajadas)
—Venga, hasta ahora.
❖ ❖ ❖
Las tostadas casi se carbonizan. Es así como le gustan a Gemma. Jorge abrió la ventana con presteza, para evacuar aquella humareda de la cocina. A continuación, se sirvió una taza de café, que acompañó con unas galletas integrales.
—Al final, no entraste tú por la ventana, cual soplo matutino, pero sí se escapó el humo.
(Risas)
—Yo creo que se escapó la mitad de tu tostada…
(Más risas)
—Oye, muy buena esa. La tostada que se transforma en humo. Precisamente, por ahí van los tiros de mi idea. Pero primero, acaba de contarme tu sueño.
—Ah, claro. Como te contaba antes, yo era el mar, por decirlo de alguna manera. En algún momento, los rizos de mis olas se extendieron hacia una playa paradisíaca y, de pronto, fui la arena de su orilla. A
continuación, me transferí a las rocas que había un poco más allá, y después a las palmeras que bordeaban la playa. Sentía la brisa marina bambolear mis hojas. Acto seguido, vi como la isla se alejaba, rápidamente, y sentí como me fundía con las nubes. Creo que en ese punto, desperté y marqué tu número en el móvil.
—Un sueño muy interesante, sí. Te cuento lo que he visualizado antes. La consciencia siente magnetismo por las formas, por la identidad. Es decir, se aglutina fácilmente para dar lugar a entidades individuales.
—Entiendo. Esto tiene que ver con nuestra actividad del folio recortado*, ¿no?
—Exacto, las formas que la consciencia extrae de la totalidad. Al condensarse en una forma concreta, desde ese prisma observa una multitud de formas externas, diferentes, otras entidades individuales.
—La consciencia se fragmenta…
—Sí, la fragmentación es inherente a ella. La consciencia la podemos imaginar como un foco de luz que emplea un punto de apoyo, un fragmento, para iluminar todo lo que le rodea. Fíjate que he dicho “punto de apoyo”.
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a que la consciencia es amante de las formas, pero podríamos decir que es promiscua, por definición.
—Anda, que calladito lo tenía… ¿Quieres decir que querrá saltar de una forma a otra, contínuamente?
—Sí, aunque no por pura vanidad, sino para eliminar los ángulos muertos.
—Ah, entiendo. Por ejemplo, si no me levanto de mi silla, jamás podré ver cómo es.
—Muy bien. Es más: si tan repantigado estás en la silla, te acabas fundiendo con ella. Seguro que te ha pasado alguna vez. (Suelta una risotada).
—Cómo me conoces… Entonces, si me fundo con la silla, me va a costar mucho trabajo despegarme de ella.
—Así es. La consciencia puede extraer una forma de la totalidad y quedarse cristalizada, “atascada”, en ella. Desde ese punto de apoyo fijo, mirará al resto de formas, viéndolas siempre igual. El hecho de saberse una identidad concreta, única e independiente, implica, necesariamente, que las otras también sean concebidas del mismo modo. Aquí ya se insinúa aquello de “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”.
—Qué aburrimiento, pues. Entonces, ¿cómo se come esto si la consciencia es promiscua con las formas? Si me permites la divagación, esto me suena a drama pasional, a esas parejas que se perpetúan, que se callan sus más evidentes sentimientos por mantener las formas, terminando todo con un espectáculo pirotécnico de abusos, control, infidelidades y demandas de divorcio.
—Has definido a la perfección al género humano, bravo.
(Carcajadas)
—Cultivar la consciencia es, pues, tarea natural del ser consciente. Por tanto, si el ser consciente no es más que un punto fijo sobre el cual la consciencia se apoya y se despliega, se entiende que la consciencia tan sólo busca descubrirse a sí misma.
—Es un todo en sí misma…
—Efectivamente, la autoconsistencia de la consciencia.
—Cuando decimos “ser consciente”, es obvio que nos referimos al ser humano. Si no he entendido mal tus razonamientos, el ser humano sería un… ¿Nodo fijo de la consciencia? Espera, y le doy una vuelta más: entonces, ¿una roca sería un nodo “pasajero” de la consciencia? No sé si me explico.
—Muy buena apreciación. Aquí volvemos al principio de los opuestos complementarios. Si el ser humano actúa como nodo fijo, como un "yo", esto implica que estará absolutamente convencido de que las entidades ajenas que percibe también lo deben ser. Al proyectar su cara excluida, la “pasajera”, sobre dichas formas, se verá rodeado de objetos inanimados, pasivos; o de seres no inteligentes o que no son conscientes de sí mismos, según la modalidad humana. ¿Me sigues?
—El vino para desayunar, como que no, ¿no?
(Carcajadas)
—Tranquilo, tómate tu tiempo para procesarlo. Pero bueno, la culpa es tuya por soñar que eras el mar…
(Más carcajadas)
—Era broma, te voy siguiendo.
—Vale. ¿Por dónde iba? Ah, sí. El ser humano, el nodo fijo, percibe entidades externas que simplemente existen, están ahí, sin más. Esto lo conducirá a diferenciarse de todas ellas, al entender que su existencia individual es el efecto de una inteligencia divina, de una causa superior. Incluso que las otras criaturas o cosas también tienen un sentido dentro de ese plan divino.
Y esto nos conduce a una conclusión reveladora: la existencia, según la concibe el ser humano, en general se resume en la manifestación de un conjunto de entidades individuales, genuinas e independientes, movidas por una fuerza trascendente y creadora. Dicho de otro modo, el universo es un inmenso saco lleno de cosas que existen por separado porque alguien o algo ha decidido que existan. Este es el núcleo al que quería llegar, lo que visualicé esta mañana cuando me llamaste.
—Espera un momento. ¿Y qué ocurre con los animales? Se ha observado que algunos sí que presentan signos de ser conscientes de sí mismos, de inteligencia.
—Buena pregunta. Es cierto lo que apuntas, en un nivel concreto de interpretación. Fíjate en que la clave está en eso que llamamos "personalidad". El observador humano puede constatar que el chimpancé, efectivamente, es inteligente y consciente de sí mismo. Pero, a la vez, está acotando esas cualidades en el dominio cerrado de la entidad que percibe y nombra como “chimpancé”. Es decir, está humanizando la inteligencia y la consciencia. Implícita a esa deducción está la premisa básica de que esas cualidades son propias de entidades individuales, porque así lo interpreta en sí mismo.
Sin embargo, debajo de todas esas capas de intepretación duerme la evidencia de que la inteligencia, la consciencia de uno mismo, las emociones o cualquier otra cualidad que pueda existir pertenecen a la totalidad.
—Entonces, al yo estar pensando y deduciendo cosas, concluiré que soy inteligente. Aunque, en realidad, debería afirmar que es la totalidad la que está pensando.
—Sí. Y cuando tú piensas en ti mismo, en tu "yo", cuando la personalidad se autodefine, la totalidad te está pensando.
—Qué pasada… Todas las cualidades que percibimos, y las entidades vivas o inanimadas a las que se las atribuimos, son efluvios de la totalidad.
—Sin duda. Si un chimpancé es consciente de sí mismo, es obvio que la consciencia se está expresando. Aquí, aprovecho para conectar con el hilo de los nodos fijos o pasajeros de la consciencia. Desde nuestra perspectiva, como nodo fijo, el chimpancé es un nodo pasajero. Si decimos "este animal es consciente de sí mismo", deberíamos darnos cuenta también de que está en equilibrio con su entorno, cosa que no ocurre con el ser humano. La consciencia que detectamos en el chimpancé está deslocalizada, se comparte por igual entre todos los elementos que lo rodean.
—¿El chimpancé tiene personalidad, piensa en sí mismo?
—Lo que se manifiesta es una personalidad compartida. Aunque nosotros veamos en el chimpancé atisbos de una personalidad individual.
—Entiendo. Como una bandada de estorninos, que viran todos sincrónicamente. O una comunidad de hormigas o de abejas, que trabajan con un nivel de cooperación y coordinación increíbles.
—Allá donde mires encontrarás evidencias de una inteligencia que excede con mucho a la que nos atribuimos a nosotros mismos. Mira el cielo, las estrellas, los planetas, las galaxias…
—Es fascinante… Resumiendo: las entidades individuales que tú y yo captamos llevan una buena capa añadida de apariencia humana. Sin darnos cuenta, les insuflamos personalidad individual. Vamos, que son espejos.
—Pero, créeme, no habría universo sin ser humano, y no habría ser humano sin matrimonios de fuegos artificiales.
(Risas)
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—Escucha, volviendo a mi sueño. ¿Crees que se puede experimentar ser un árbol o una roca sin tomar setas alucinógenas?
—Siento quitarte de la cabeza la idea de darte un viaje con esas setas, pero sí, sí se puede. Siempre y cuando tengamos claro que la consciencia, en esencia, no tiene como fin encapsularse en la identidad personal. Ni en ninguna otra cosa. Si tú intentas ser un árbol —hongos al margen—, recuerda antes que tú ves una “personalidad árbol” porque la consciencia está fijada en la forma “Jorge", por ejemplo. Por tanto, concebir la unidad como la posibilidad de difundirnos hacia las entidades externas es otro reflejo más de lo que ya está sucediendo: el "yo" absorbe la consciencia, como una esponja.
—Todo está sucediendo, siempre… Creo que esta charla está superando a mi sueño. Entonces, ¿deberíamos darnos cuenta de que somos ya una roca, un árbol, una nube o el mar?
—Podemos jugar con las formas. Dejar de juzgarlas, de insuflarles personalidad, sentido. Los niños hacen eso cuando tienen pocas semanas de vida. Como tú bien dices, todo está sucediendo, siempre. Así pues, seamos conscientes de esa forma “niño” que sin duda existe y que desafía a la personalidad. La consciencia, ahí, se abre en abanico. En ese momento, ya no soñamos con ser el mar o una palmera. No hace falta...
—Guau, te entiendo. El sueño, la añoranza de ser niño… Cuánta ñ…
(Carcajadas)
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—Por cierto, Jorge, cambiando un poco de tema. Te quería preguntar una cosa. Tiene que ver con las hipotéticas formas de vida, diferentes, pero similares al ser humano.
—¿Seres inteligentes extraterrestres?
—Eso es. ¿Te has preguntado si es posible que hayamos tenido o tengamos contacto con ellos en algún momento?
—Claro, ¿quién no se ha preguntado eso alguna vez? ¿Por qué lo dices?
—"Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”… ¿No te parece sospechoso que no haya constancia cierta de tales seres?
—Ya sé por donde vas, querida. El ser humano espera un extraterrestre, ¿no? Aplica personalidad a la inteligencia, igual que a sí mismo, o a una hormiga. Espera encontrar un indicio externo que confirme su propia condición. Otro ser análogo capaz de escribir partituras o deducir teorías científicas, para entendernos.
—Sí. Pero eso no puede ocurrir. El universo no le trae al ser humano lo que espera encontrar, solamente le hace de espejo en el que poder mirarse. Si él se sabe un ser consciente, inteligente, el universo le recuerda siempre eso mismo. O sea, que toda entidad externa con la que establezca contacto será no consciente, no inteligente; no en el formato concreto que marca la fijación de la consciencia en la imagen humana.
Es más, cuanto mayor sea la rigidez de esa fijación, tanto mayor será el caos que encuentre ahí afuera. Cuanto más inteligente se crea, más interrogantes se le abrirán, y más distarán sus hallazgos de ser esos hombrecillos grises de grandes ojos que espera encontrar.
—Sin pretender hacer "spoiler", esto es lo que acaba transmitiendo la novela de Carl Sagan Contact (a pesar de que el propio Sagan, como buen científico, tenía otra idea en la cabeza cuando la escribió...).
—Así es. Si hablamos con propiedad, el ser humano no es estrictamente un ser: es un estado posible de la consciencia. Todo lo que él capta es su opuesto complementario, es lo que queda excluido en el acto de su propia fundación.
—Los opuestos complementarios, de nuevo.
Una ráfaga de viento empujó la hoja de la ventana, que se abrió un par de palmos más. Una fragancia compleja, con un sutil toque salino, a mar, inundó la estancia.
—¿Un poco más de café?
❖ ❖ ❖
*N. del A.:
Sí, Gemma y Jorge son los autores intelectuales de la reflexión "El principio antrópico: un universo ajustado para la consciencia" presente en este mismo blog. Allí se explica este ejercicio del folio recortado, una manera gráfica de visualizar la naturaleza básica de la consciencia.
De hecho, estos dos perspicaces amigos de buen seguro que estarán detrás de gran parte de lo que se expone en este espacio. Los conozco bien, tengo la suerte de ser también amigo suyo, así que representan para mí una destacada y perenne fuente de inspiración.
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