La túnica sagrada


La palabra no puede contar qué es la Verdad, Brahman, Dios, el Absoluto, la Fuente, el Fondo. Siempre será agua que se escurre entre los dedos de la razón, de sus conceptualizaciones. Pero esa misma cascada de agua cristalina que la mano del Logos deja escapar constituye la incomparable belleza de la Totalidad. Es la exuberante e inaprensible naturaleza del Ser.

El verbo y todas sus infinitas construcciones son manifestación de lo sagrado. La palabra es, en esencia, divinidad: es símbolo. Pronunciarla equivale al Absoluto hecho presencia aconceptual. Esa es la paradoja, y el Misterio. La palabra es, en última instancia, la textura misma de la realidad vivida.

Como señala Peter Kingsley al comentar el poema de Parménides en En los oscuros lugares del saber, la palabra no remite a una realidad trascendente: el Todo se revela de manera natural e indisoluble en la palabra misma. El problema es que solemos tomarla como un simple signo, como un dedo que apunta a una supuesta realidad objetiva situada fuera de sí. Así, la palabra se desacraliza, se disfraza de neutralidad, de vehículo instrumental, de no-realidad.

Este disfraz constituye el materialismo en acto, su metafísica oculta. Paradójicamente, cuanto más se desacraliza la palabra, al olvidar su esencia simbólica, más crece el mito del Absoluto Incognoscible. Una dinámica refuerza a la otra. La palabra se mancha cada vez más de insustancialidad caprichosa, y así Dios se torna inalcanzable, huidizo, un misterio insondable. Misterio tejido, curiosamente, por palabras: evangelios, Vedas, poemas místicos, escrituras sagradas, manuales de realización personal, discursos de la fe instituida.

Llevado a la práctica, esto significa que el diálogo no abre un largo camino hacia la Verdad —siempre expuesto a bifurcaciones—, sino que ya con él se abre la caja de Pandora de la realidad última. Ese diálogo constituye, en esencia, la multidisciplinaridad entendida como entrelazamiento de las múltiples facetas del Ser en acto.

Y es entonces cuando la palabra, tras despojarse de sus disfraces, vuelve a revestirse con su túnica sagrada.

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