Sobrevolando la astrología (parte 2)
Los presagios babilónicos del Enuma Anu Enlil —considerados una de las muestras más claras del origen histórico de la astrología— no predecían eventos futuros ni ofrecían información sobre lo que iba a suceder. Lo que hacían era actualizar el relato mítico, dentro del cual el tiempo mismo —como secuencia significativa de lo sagrado— se desplegaba. El tiempo no era un marco previo, sino una cadencia interna al propio relato que el presagio reactivaba.
Por ejemplo: el rey, al consultar al sacerdote astrólogo, no descubría lo que le esperaba, sino que su función en el relato —su posición en el orden simbólico— se actualizaba. Era un acto de inserción consciente en un tejido narrativo compartido, no una anticipación de hechos futuros.
No había consulta racional, analítica, sino que era un ritual, un acto iniciático, de consumación. De combustión y liberación de energía creativa.
Hoy, sin embargo, nuestros rituales astrológicos son inconscientes. Ya no vemos que el tiempo se gesta en el propio acto simbólico —hoy escondido bajo la forma funcional "lectura de la carta". Suponemos que existe de antemano como un marco neutro y objetivo, dentro del cual los “presagios” —ahora reformulados como tránsitos personales, procesos de evolución o ciclos de transformación psicológica— revelan contenidos por venir. Así, lo simbólico queda desplazado por un relato funcional, local y fragmentado.
La sugerencia es volver la mirada hacia nuestros pies, que pisan las brasas aún vivas del fuego ritual. Es un llamamiento a trascender el tiempo y el espacio. No es nada alocado. Es coherencia con el origen. Y algo tremendamente práctico.
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