Aire nuevo

Cuando dos personas se encuentran como entidades irreductibles, el encuentro suele convertirse en un campo de fricción. Surgen entonces las diferencias, la necesidad de cotejar, de comparar, de justificar, de negociar. Cada identidad se afirma frente a la otra, y lo que aparece es fragmentación: un diálogo que siempre deja un residuo de conflicto y de insustancialidad.

Pero cuando dos personas se encuentran sabiendo lo que son —no individuos cerrados, sino articulaciones de la totalidad a través de las cuales esta se encuentra consigo misma—, lo que surge es completamente distinto. Allí no hay diferencias que administrar, ni caminos que confrontar. Aparecen resonancias, reflejos, simplificación de la realidad. La complejidad se disuelve y queda claridad. Se abre un espacio de descanso, un punto de respiración.

La astrología nos habla de la Era de Acuario, y también de la "era de aire" del ciclo Júpiter-Saturno —unos 200 años de conjunciones en dicho elemento. Aquí le daremos otro aire al asunto. No como la proliferación y revalorización de ideas y conceptos —eso sigue siendo la misma densa y trabada diversidad—, sino como aire en su sentido más elemental y directo: aquello que permite respirar, que no posee límites, que fluye, que se expande y se contrae llenando todo el espacio por igual. El aire no discute, no divide, no justifica. El aire da vida porque no se opone a nada.

La verdadera irrupción del aire no supone la hegemonía de las ideas, de lo mental, sino el advenimiento de la claridad. Es la caída de los bordes, el descanso de la consciencia en sí misma cuando ya no necesita chocar con nada. Un continuo transparente en el que, al encontrarnos, en lugar de dividirnos, simplemente respiramos juntos.

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