Fuera de la red
En algún momento, sin que nadie lo advirtiera, el teléfono dejó de ser un objeto opcional. Se convirtió en una clavija que nunca se desconectaba, que mantenía a cada individuo en la red siempre activa. No era ya un aparato que se encendía o apagaba, sino el hilo que mantenía a todos conectados. Una conversación nunca se cerraba, un encuentro nunca terminaba del todo: los amigos se despedían en la cafetería y, sin saber cómo, seguían entrando en la intimidad de la casa, como sombras colgadas de un cable de fibra óptica que nunca se rompía.
Y así, lo que parecía un simple gesto —resistirse al Whatsapp, aferrarse a un aparato viejo— fue adquiriendo un carácter extraño, casi obsesivo. El aparato nuevo empezó a pesar, a generar desconfianza, como si cada toque en la pantalla trajera consigo la amenaza de ser absorbido por la red de nuevo. La batería, el rayón en la carcasa, la mínima avería se volvían excusas para mantenerlo a raya. No era tanto una manía como la forma visible de una resistencia interior: una imposibilidad de volver a entrar en la identidad de la que ya se había salido. Así, la manía se revelaba como un síntoma: el síntoma de una grieta abierta entre dos modos de vivir.
Ese desdoblamiento mostraba con crudeza la paradoja de la identidad digital: quien permanece en la red, siempre conectado, no puede reencontrarse jamás. Y quien logra desconectarse —aunque sea con un aparato obsoleto— descubre que ha salido fuera de esa identidad y ya no puede volver a entrar. Y esa intemperie, inesperadamente, trae consigo un reencuentro sutil, esencial: con una forma olvidada de estar, una manera distinta de ser.
Al principio, esa continuidad parecía cercanía. Pero poco a poco se reveló como invasión. La ausencia —ese espacio vacío que permitía que un reencuentro fuera verdadero— había desaparecido. En su lugar había un tiempo pesado, un tic-tac incesante, notificaciones que marcaban el ritmo como un metrónomo sin descanso.
Y entonces, un día, en medio de la vorágine digital, algo se rompió. Alguien había comprado un teléfono nuevo, brillante y tentador, pensando que reemplazaría al viejo. Pero no fue así: no lo sustituyó, lo duplicó. Uno quedó reducido a la función mínima de llamadas y mensajes instantáneos, la identidad digital en su versión más compulsiva; el otro, el viejo, despojado de tarjeta de línea, se transformó en un refugio: un dispositivo sin red, usado para escribir, leer, pensar. Una escisión simbólica se había producido. El teléfono ya no era uno, sino dos: el primero atrapado en la cronología del contacto perpetuo; el segundo, habitando un tiempo secreto, discontinuo, parecido al silencio.
Y así, lo que parecía un simple gesto —resistirse al Whatsapp, aferrarse a un aparato viejo— fue adquiriendo un carácter extraño, casi obsesivo. El aparato nuevo empezó a pesar, a generar desconfianza, como si cada toque en la pantalla trajera consigo la amenaza de ser absorbido por la red de nuevo. La batería, el rayón en la carcasa, la mínima avería se volvían excusas para mantenerlo a raya. No era tanto una manía como la forma visible de una resistencia interior: una imposibilidad de volver a entrar en la identidad de la que ya se había salido. Así, la manía se revelaba como un síntoma: el síntoma de una grieta abierta entre dos modos de vivir.
Ese desdoblamiento mostraba con crudeza la paradoja de la identidad digital: quien permanece en la red, siempre conectado, no puede reencontrarse jamás. Y quien logra desconectarse —aunque sea con un aparato obsoleto— descubre que ha salido fuera de esa identidad y ya no puede volver a entrar. Y esa intemperie, inesperadamente, trae consigo un reencuentro sutil, esencial: con una forma olvidada de estar, una manera distinta de ser.
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Astrología — Plutón en Acuario (2024–2044).

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