El retorno de los supuestos. Reflexiones sobre simbolismo, cuántica y materialismo metafísico

—¿Entonces el experimento cuántico de doble rendija demuestra que el mundo responde a cómo lo miramos?

—No exactamente. Demuestra algo más inquietante: que ese “yo mirando el mundo” también es parte del fenómeno. Es una imagen en la consciencia.

—¿Te refieres a que no solo vemos un resultado en la pantalla, sino que también la motivación y la estructura detrás del experimento —la idea de un mundo externo, de leyes físicas, de una separación entre sujeto y objeto— también forman parte, de algún modo, del fenómeno estudiado?

—Eso es. La doble rendija no solo muestra que el resultado depende del tipo de montaje experimental. Muestra que el marco entero —la idea de realidad, de experimento, de observador— está contenido en la consciencia. Lo que parecía afuera vuelve a entrar.

—Y en ese espejo se ve todo.

—Como con el cerebro y la consciencia: creemos que uno genera lo otro, hasta que notamos que ambos objetos son imágenes que se reflejan mutuamente en un mismo campo. Los experimentos cuánticos hacen lo mismo con el observador y el fenómeno observado. 


Todo vuelve al campo

En el experimento de la doble rendija, un haz de partículas (como electrones o fotones) pasa por dos rendijas y llega a una pantalla. Si no se coloca ningún detector, en la pantalla se registra un patrón de interferencia, típico de ondas. Pero si se pone un detector para saber por cuál rendija pasa cada partícula, desaparece la interferencia y se observa un patrón de impactos discretos típico de partículas.

Estos resultados experimentales no solo trastocan nuestra idea de materia, sino también nuestra idea de objetividad. A primera vista, parece que la conclusión es que la consciencia del observador —el detector, la intención de ver las partículas— afecta al resultado. Pero eso sería seguir suponiendo que hay un “yo” aquí y un “mundo” allí, separados, y que algo en esa distancia se tuerce cuando miramos.

Lo que revela la doble rendija, si se la toma en serio, es que esa misma presuposición —la de un mundo “ahí afuera” que uno puede estudiar como algo externo— también es parte del fenómeno observado. También está dentro del campo de consciencia.

El experimento, entonces, no muestra que el mundo reacciona al observador. Muestra que la noción misma de “mundo” y “observador” ya son símbolos dados dentro de una misma matriz consciente. No hay una consciencia que observa un mundo, sino que el “yo investigo la realidad” previo ya se da como una escena en la consciencia, al igual que el patrón de interferencia observado. La imagen de la base teórica, del montaje instrumental, del científico queriendo verificar...  Todo eso supone un hecho representado en la consciencia.

La doble rendija —los experimentos cuánticos en general— nos fuerza, por tanto, a reconocer algo que la ciencia moderna suele dejar de lado y no examinar: que su propio marco de investigación está ya dado como símbolo en la consciencia. Lo que parece ser un experimento físico es, en realidad, una escena arquetípica del campo de consciencia: el símbolo del observador y el símbolo del resultado se reflejan mutuamente. El patrón impreso en la placa fotográfica no cambia porque alguien observe de un modo u otro, sino que mirar, decidir medir, esperar un mundo externo… todo eso va de la mano del patrón registrado en la pantalla fotográfica.

Por esta razón, la imagen “detector” correlaciona con la imagen “patrón de impactos discretos”, y la imagen “ausencia de detector” correlaciona con la imagen “patrón de interferencia ondulatoria”. El primer caso es análogo al de la actividad neuronal correlacionada con la experiencia subjetiva localizada, egoica. Y el segundo caso es análogo al de la ausencia de actividad neuronal y una ECM, por ejemplo (“onda difusa”, superposición, deslocalización, penetración de superficies sólidas, etc.).

❖ ❖ ❖

Por otro lado, el experimento de entrelazamiento muestra que dos partículas generadas conjuntamente en un estado cuántico común y después separadas por una gran distancia reaccionan simultáneamente cuando solo una de ellas es estimulada.

Esto genera una paradoja para el paradigma materialista: si la distancia entre A y B es un hecho absoluto e independiente de la consciencia, ¿cómo pueden reaccionar al unísono sin que exista una señal que viaje entre ellas? En este caso, al haberse “sacado fuera” de la consciencia la propia imagen de la realidad externa, basada en el espacio y el tiempo, el resultado del experimento parece mostrarse en desacuerdo con esa sustracción. Desde su ostracismo, la realidad espacio-temporal parece reclamar su lugar original, entrometiéndose en el resultado experimental, en lo observado.

Es decir, el resultado completo del experimento está formado por tres elementos: “reacción de la partícula A”, “reacción de la partícula B” y “distancia espacial”. Como los tres elementos, en realidad, aparecen juntos en el mismo campo de consciencia —"horizontalmente", sin jerarquía alguna—, ninguno de ellos puede condicionar a los demás. Esto implica que el espacio no afecta a las reacciones de A y B. Y eso es lo que vemos: que A y B experimentan la misma reacción al estímulo, y al unísono, como si no estuviesen separadas por una gran distancia. Esto sugiere, en principio, que estarían vinculadas por algún tipo desconocido de interacción no-local. Esta sería la conclusión ortodoxa del experimento de entrelazamiento.

En resumen, en ambos casos —la doble rendija y el entrelazamiento— el “retorno” es el mismo: lo que “vuelve” al campo de la consciencia son los propios supuestos que organizan nuestra idea de realidad. Tiempo, espacio, causalidad, separación, objetividad. Todo lo que el paradigma materialista toma como condiciones externas del mundo aparece, de pronto, como figura simbólica. Y al volver como símbolos, pueden reflejarse con los resultados objetivos de dichos experimentos cuánticos.

Sin embargo, el paradigma materialista dominante, por definición, no entiende de reflejos. Concluye que hay un comportamiento extraño de la materia que aún no se entiende y debe estudiarse, incorporando estos nuevos resultados a su cuerpo teórico matemático. Y con ello evita reparar en la inconsistencia del supuesto desde el que la materia se intenta estudiar. Pero más allá de esta resistencia del materialismo a caer, tenemos que lo que parecía mundo vuelve a ser imagen. Y en ese retorno, todo se alinea. El “retorno” de las imágenes al campo de consciencia —que nunca abandonaron— equivale al desmantelamiento de la huidiza metafísica materialista.



La constante de Planck: el símbolo de la resistencia materialista

Los experimentos cuánticos, aun sin proponérselo, exponen las grietas del materialismo. Al descender a lo subatómico, la física se encuentra con la imposibilidad de sostener sus propios supuestos —en resumen, la concepción materialista y atomista de la realidad. Y al tambalearse ese marco, surgen las “rarezas”, las cuales no se dan en el mundo macroscópico.

Dicho de otro modo. Académicamente, se asume que los extraños resultados de los experimentos cuánticos no son extrapolables al estudio clásico de la materia. ¿Por qué? Porque a escala macroscópica, los comportamientos cuánticos de cada una de las incontables partículas que componen los objetos estudiados se diluyen por decoherencia al interactuar entre sí y con el entorno.

Este proceso de decoherencia está íntimamente ligado a la constante de Planck (ħ), la cual forma parte fundamental de las ecuaciones mecanocuánticas. El valor numérico extremadamente pequeño de esta constante física (ħ = 1.054571817 × 10⁻³⁴ J·s) implica que solo tenga un efecto evidente y mensurable cuando se trata de objetos muy y muy pequeños —las partículas subatómicas. A escalas mayores, el valor diminuto de ħ hace que los efectos cuánticos sean imperceptibles, y las interacciones constantes con el entorno a través de la decoherencia se encargan de "borrar" rápidamente cualquier vestigio de superposición o entrelazamiento, haciendo que el sistema se comporte de forma clásica.

Sin embargo, aquí estamos diciendo que esa no es la causa de tal disparidad en el comportamiento entre la materia cotidiana y los sistemas cuánticos. Esta diferencia se debe a que, en el estudio cuántico, el observador apunta con su lupa justamente a sus propios pies, a su raíz ontológica. La observación, que se asume independiente de aquello observado, tropieza con sus propios cimientos. Ese tropiezo solo tiene lugar en el experimento cuántico, y se manifiesta, a los ojos de dicho observador "neutral", como una "rareza", como una caprichosa y fantasmagórica partícula sensible a la observación.

Dentro de esta visión simbólica de la realidad que estamos desplegando, la constante de Planck no sería una magnitud literal que describe el comportamiento intrínseco de una materia subatómica real, sino el símbolo numérico de la singularidad cuántica que el paradigma materialista-atomista se ve forzado a establecer cuando su metodología experimental apunta hacia su propia raíz. El valor extremadamente pequeño de esta constante fundamental permite que, en el discurso académico, se contengan las "rarezas" cuánticas en un dominio exclusivo y diminuto, evitando así que se cuestione la base misma del paradigma: la noción de una realidad externa y fragmentada.

Podríamos decir que el anhelo esencial del científico es poder determinar la realidad, objetivarla. Es decir, la ciencia hubiese preferido no encontrarse con ħ, que fuera exactamente 0. Pero como su propio método la condujo a determinar que esta constante se acerca muchísimo pero no es igual a 0, entonces cerró filas, estipulando que el mundo de las partículas fundamentales —los pilares de su paradigma— se comporta intrínsecamente de manera diferente al mundo cotidiano. De este modo, ħ actúa como la "válvula de escape" que mantiene a flote una metafísica que, de ser examinada, revelaría su insostenibilidad.

Singularidad desnuda

A ese nivel de profundidad, la realidad se revela sin tapujos como lo que siempre fue: una imagen creada en el eterno ahora del campo de consciencia. Su naturaleza resplandece con tal desnudez que ya no puede volver a esconderse tras su tosca máscara de objetividad. Por eso, toda tentativa de fijarla o predecirla parece condenada al desconcierto.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Déjà vu

El gran trígono de Agua (2025)

La notaría cósmica